Alfredo Arrebola, Doctor en Filosofía y Letras
JESUS DE NAZARET: Un hombre del pueblo…
En un mundo envuelto en tormentas del “secularismo, consumismo y materialismo” Dios nos ha dado la gracia de la fe para que seamos “audaces y creativos en las tareas de nuestras comunidades”, tal como escribe el Papa Francisco en la Exhortación Apostólica “Evangelii Gaudium”, 33; pág. 30 (Roma, 24/11/2013). Y san Pablo, “Apóstol de los gentiles”, nos dirá que “ Justificados, en virtud de la fe, estamos en paz con Dios por Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha dado, mediante la fe, acceso a esta gracia en que nos mantenemos, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios”, cfr. Romanos,5, 1).
Es cierto: el interés de los textos evangélicos no es estrictamente biográfico sino kerigmático, ni tampoco pretenden hacer crónica sino catequesis; sin embargo, eso no priva de valor histórico ciertos testimonios sobre Jesús de Nazaret, el judío universal, el hombre-Dios. Y entre otros, como pretendo demostrar, el de que fue “un hombre del pueblo”. Y para ello me sirvo de las páginas de GRANADA COSTA.
La encarnación del Hijo de Dios se llevó a cabo en la asunción de la condición humana, con una radicalidad y veracidad incuestionables. Estas afirmaciones teológicas (Juan 1,14; Gálatas,4, 4; Filipenses, 2,6 y Romanos 1,3) coinciden con la realidad histórica de Jesús: el Hijo de Dios vino a nosotros como un hijo del pueblo y en medio del pueblo (Evangelio y Vida, pág. 34. Núm 354). De clase social humilde, hombre de la base, sus orígenes se hunden entre los “nadies” de la época. Si bien los relatos de la infancia pretenden reivindicar abolengo a su ascendencia – “estirpe de David” -, la verdad es que la vida de Jesús desde sus primeros pasos en la historia circuló por los caminos de lo anónimo y sin relieve social. Está demostrado que Jesús no perteneció a ninguna “casta”, ni política ni religiosa, de las que configuraban el status social de aquella época.
La llamada “vida oculta” puede aducirse como aval de que se hizo “como un hombre cualquiera” (Flp 2,7), siendo percibido como “el hijo de José” (Lc 4,22), “el hijo del carpintero” (Mt 13,55) o, simplemente, “el carpintero, el hijo de María”, cuyo ambiente familiar era fácil de identificar en Nazaret (Mt 6,3). De ahí, exactamente, la gran extrañeza de sus paisanos (Mc 6,2) y -¡cómo no! – de sus opositores (Mc 11, 28).
Dommingo Montero escribe: Jesús “huele” a pueblo. “Se sintió” pueblo y asumió el legado identitario de su pueblo: peregrinaba al Templo, frecuentaba la sinagoga, pagaba los diezmos… Pero lo hizo de una manera crítica. No estaba en contra del Templo, pero sí contra su “mundanización”; no estaba contra el sábado, pero sí contra su desnaturalización; no estaba contra la Ley – vino a llevarla a plenitud (Mt 5,17) – pero sí contra su reducción legalista. Aceptaba las estructuras del magisterio oficial, pero ponía en evidencia sus carencias (Mt 23)”, cfr. “Perfiles de Jesús”, pág. 34 E/V.
La lectura hermenéutica del Nuevo Testamento nos enseña que Jesús aceptó el lenguaje del pueblo, no encriptado sino vivo y lleno de energía y plasticidad, y lo convirtió en “agente” de evangelización. Reveló a Dios en el lenguaje del pueblo, y la gente lo entendió (Mc 1, 27). Recuperó el lenguaje popular, frente al encorsetado y difícil de los escribas y fariseos. Como también está suficientemente comprobado que Jesús participó sin escrúpulos en la vida del pueblo: sus encuentros, sus comidas, sus amistades… son abiertas, no excluyentes, siempre privilegiando a las clases humildes y marginadas. Y encontramos algo muy relevante: a diferencia del Bautista, que llevaba a cabo su ministerio en el desierto (Mc 1,4) y en la ribera del Jordán (Mc 1,5), Jesús, “Hijo de Dios”, “…recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando toda enfermedad y dolencia” (Mt 9,35). Y mientras a Juan “acudía la gente” (Mc 1,5), Jesús “buscaba” a la gente (Mc 1,38). Su espacio ministerial no era el desierto sino la vida ordinaria del pueblo. Es decir, Jesús vivió en medio del pueblo, “se sintió pueblo”. Y “sintió al pueblo”, pero de forma totalmente distinta a los modernos y actuales políticos. Sintió el clamor de su pueblo y su desorientación, lo que le afectó profundamente. Los textos evangélicos lo expresan claramente: “Se conmovió porque estaban maltrechos y desalentados como ovejas sin pastor” (Mt 9,36; 14,14; 15,32), conducidos por “guías ciegos” (Mt 15, 14).
En el “Hijo de María” encontraron eco todos los que vivían en la marginación. Jesús sentía como propios los cansancios y desalientos, las hambres y los dolores de los pobres (Mt 8, 17). Y emergió a la vida pública – nos dice Domingo Montero – acogiendo en sí, con responsabilidad personal, el deterioro espiritual de su pueblo, asumiendo el propósito de curarlo (Lc 4, 18-21). El movimiento de Juan el Bautista, un movimiento popular de renovación, debió impresionar a Jesús y, tras la experiencia del bautismo en el Jordán, su vida tomó una orientación definitiva: “salvar al pueblo, sacándole de esa situación de desorientación y desconsuelo”, tarea predicha muchos siglos antes por los profetas del Antiguo Testamento. Su fina sensibilidad le llevó a percibir la delicada situación política, social y religiosa por la que atravesaba: grandes terratenientes, amplias zonas de marginación social, sometimiento político a una potencia extranjera (Roma), deterioro y ritualismo religioso unido a una clase alta – “saduceos” – centrada en el mantenimiento de sus privilegios e insonorizada ante el clamor de los pobres… Y a Jesús todo esto le dolía (E/V, pág. 34; Novbre, 2017). Le afectaba profundamente la desolación del pueblo, pero no menos la cerrazón de Jersusalén, que permanecía insensible a los avisos de los enviados por Dios.
Me permito la libertad, desde mi arraigada fe en Cristo, decir a mis amabales y benévolos lectores que el Evangelio es palabra de vida: no oprime a las personas, al contrario, libera a quienes son esclavos de muchos espíritus malignos de este mundo: el espíritu de la vanidad, el apego al dinero, el orgullo, la sensualidad… El Evangelio cambia el corazón, cambia la vida, transforma las inclinaciones al mal en propósitos de bien. Leedlo,¡por favor!, porque el Evangelio es capaz de cambiar a las personas y, sobre todo, nos da a conocer, clara y apodícticamente, que Jesús de Nazaret nos trae a Dios y nos lleva a Dios.