El Perdón

–¿Sabe usted porque está aquí? Preguntó el doctor

–Creen que estoy loco.

–No, no es esa la razón, aquí solo tratamos de ayudarle, de hacerle recordar.

–¿Recuerda porque está usted aquí?

–Creen que estoy loco.

–Llévenlo a su habitación –dijo el doctor dejándolo por imposible.

Pedro llevaba ya más de un año ingresado en un sanatorio mental. Sufría una pérdida de memoria postraumática, ni siquiera retenía los recuerdos del día anterior, además de un comportamiento agresivo que necesitaba una vigilancia constante. En la misma ala del Sanatorio había otro caso notable. Un hombre que había intentado quitarse la vida en muchas ocasiones. Los caminos de ambos hombres se cruzaron en un pasado no muy distante, uno recordaba y el otro no. Por alguna extraña razón del destino se encontraban en el mismo lugar.

Juan siempre estaba triste y quería quitarse la vida a cada momento. Pedro paseaba vigilado por el jardín y cada día se sentaba junto a Juan en un banco cerca de un estanque de peces, como si un magnetismo poderoso lo atrajese ante él constantemente.

–Hola soy Pedro

–Ya lo sé –dijo Juan– nos vemos cada día.

–¿Ah sí? ¿Porque estás aquí?

–Ya te lo dije ayer como todos los días. Quiero morir y ellos no quieren, solo quieren que siga sufriendo.

–No deberías quitarte la vida, tú puedes recordar así que debes recordar razones por las que seguir viviendo. Yo sin embargo no sé si quiero seguir viviendo porque no recuerdo nada, ni siquiera lo que hice ayer.

–Lo sé, cada día me dices lo mismo. Pero lo dices porque no sabes quién soy.

–¿Quién eres?

Los celadores siempre llegaban en ese momento ya que recordaban bien lo que ocurrió la primera vez. En aquella ocasión Pedro se abalanzó sobre Juan propinándole una gran paliza sin que Juan hiciese nada por defenderse. En las siguientes ocasiones como cada día Pedro volvía a hacer las mismas preguntas y Juan volvía a responder con las mismas palabras, hasta que llagaba a la pregunta ¿Quién eres? y entonces de nuevo se llevaban a Pedro que no entendía nada.

El doctor se presentaba cada día como si fuese la primera vez que se veían, pero ese día notó que Pedro quien lo olvidaba todo cada día, comenzó a retener un solo recuerdo, solo recordaba al hombre que siempre quería quitarse la vida. Hablaba de él cómo lo único que podía recordar del día anterior.

–¿Conoces a Juan?

–Sí, es un hombre muy triste, para él la vida es una tortura.

Mientras, en el jardín Juan decidió que si no podía quitarse la vida, quizás podía provocar que algún pobre loco se la quitase mientras los celadores hacían el relevo. Así que volvió a intentarlo, escogió al más violento de los pacientes, lo provocó de tal manera que este lo agarró del cuello tratando de asfixiarlo. Pedro lo vio desde la ventana y salió corriendo, le dio un gran empujón al atacante y este lo soltó.

–¿Porque no dejas de salvarme la vida? –dijo Juan casi sin poder hablar.

Por alguna razón Pedro ya no podía olvidar a Juan llegando a sentir lastima por un hombre tan triste. Cada día lo buscaba, intentaba protegerlo de sí mismo y trataba de darle razones para no quitarse la vida. Tanto fue así que la última razón que le dio fue que él era su amigo y le dolería perderlo. Juan lloró cuando le dijo aquello, se levantó y se fue.

Cada día comía a su lado en el comedor y el doctor observó que parecía bueno para él, estaba haciendo progresos, de modo que mandó que les dejasen seguir con aquella relación.

–Por favor no vuelvas a intentarlo, te necesito eres lo único que recuerdo cada día. –decía Pedro cogiendo a Juan del brazo.

Juan lo miraba y no podía evitar que sus ojos se inundasen en lágrimas desesperadas.

– Pedro, yo no puedo ayudarte –le decía Juan–, si sigues a mi lado te destrozaré la vida y yo no quiero eso para ti, solo quiero morir de una vez.

–Pero, ¿Qué es lo que te ocurre, para que no quieras vivir?

–Tú lo sabes, pero lo has olvidado.

–Cuéntamelo para que pueda ayudarte.

–Ya te lo conté una vez y se te olvidó. No tiene ningún sentido y no quiero que me ayudes.

Pasaron los meses y la amistad fue creciendo, Pedro sentía un gran aprecio por su único amigo, puesto que era al único que podía recordar. La tristeza de Juan no desaparecía pero ver a Pedro alegre con su progreso, le transmitía algo parecido a paz sin llegar a serlo, una diminuta sensación de respiro durante algunos segundos para volverse a hundir en el dolor. Hasta consiguió arrancarle una tímida sonrisa, pero las negras nubes volvían a su corazón constantemente.

El doctor estaba satisfecho, aunque Pedro todavía no había recobrado la memoria, al menos su capacidad de recordar las nuevas vivencias cada vez era mayor, hasta el punto de retener todos los nuevos recuerdos. Pero los antiguos todavía estaban encerrados en algún lugar de su mente.

Ya había pasado un año desde que recuperase su capacidad de recordar. Un día Pedro estaba decidido a ayudar a su amigo de una vez por todas. Ahora que podría recordar lo que le contase, necesitaba hacer que Juan hablara, estaba seguro que aquello le haría sanar sus heridas y volver a la vida, a desear vivir.

–Juan querido amigo, sabes cuánto te aprecio y cuan agradecido estoy porque me hayas ayudado a recobrar la capacidad de recordar.

–Ya sé por dónde vas. No te contaré nada, tú no lo entiendes y es mejor que siga así.

–No lo entiendo, porque no me lo explicas. Hazlo y te entenderé, créeme soy tu amigo.

Juan lo miró, se deshizo en lágrimas y cogió a Pedro de la mano.

–No te voy a contar nada de mí. –Dijo Juan– Lo que voy a contarte es sobre ti.

Pedro se quedó sorprendido, ¿Qué sabría aquel hombre que había conocido allí?

–Pedro, tu tenías una esposa y una hijita, murieron en un accidente y por eso no recuerdas nada, no quieres recordar porque es muy doloroso para ti, y el conductor ebrio que las atropelló fui yo. Tú no quieres recordar y yo quiero morir.

Juan le seguía apretando fuerte la mano y Pedro comenzó a ver imágenes fugaces en su mente. El rubio pelo de su pequeña, el tono de su voz al llamarle papa, la sonrisa de su esposa. Los ojos se le derretían en cada recuerdo sin apartar la mirada de los ojos de su amigo, que lloraban sin consuelo alguno.

–Mátame Pedro –decía Juan con la voz ahogada en llanto–, yo no puedo vivir con este dolor y a ti no te culparan, será enajenación. No pasa ni un solo día que no vea sus rostros.

Los dos hombres lloraban debatiéndose entre sentimientos contradictorios. Pedro apretaba cada vez más fuerte la mano de Juan. Sentía las cuchillas del recuerdo rasgarle las entrañas y un ahogado grito salió de su boca hasta convertirse en un alarido de dolor. Era como si hubiese vomitado mil demonios y entonces apoyó la cabeza sobre su amigo llorando desconsoladamente.

Juan, que en el último año había vivido la mayor tortura de su vida, ahora aquello era el infierno de sus tormentos, ver a aquel hombre bueno destrozado por su culpa, el hombre que había impedido que se quitase la vida infinidad de veces, aquel que le había llegado a apreciar como amigo.

–Juan, –dijo Pedro con la voz todavía temblorosa–, si no te perdono yo también moriré y eso no es lo que ellas hubiesen querido. Juan…, te perdono.

Los dos hombres lloraron abrazados todo el dolor contenido.

El perdón nos da el permiso para seguir viviendo.

Manuel Salcedo.

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