CULTURA FLAMENCA (XLVI) FLAMENCO Y TOROS (XVIII): Manuel Jiménez “CHICUELO” (1902-1967)

Chicuelinas  de  Chicuelo,

lances de  Manuel  Jiménez

que  a la vez   que  sevillanas

sonaban  a  Martinete (cfr. “Cancionero Popular  Taurino”, Madrid, 1963)

Lo mismo que en el flamenco se dice con frecuencia “De casta le viene a la liebre”, otro  tanto sucede en el delicado mundo de la tauromaquia. Efectivamente: Manuel  Jiménez Moreno, de nombre artístico “CHICUELO”, era  hijo de torero y padre, a su vez, de  Rafael  Jiménez  Castro “Chicuelo III”. El famoso Chicuelo  nació (Sevilla, 1902) en el seno de una familia  torera cien por cien. Su padre fue un matador de toros modesto, del mismo nombre y apodo, que fallece cuando el futuro matador  era muy pequeño, cinco años. Fue recogido por otra persona perteneciente también a la familia taurina, el banderillero Eduardo  Borrego “Zocato”, que se lo  llevó a su casa y lo trató como si fuera su hijo. Fue Zocato quien  lo inició en el toreo, y a los 10  años lo inscribió en la Escuela Taurina de Sevilla.

Su debut – como novillero – tuvo lugar el 24 de junio de 1917 en la Plaza de Salamanca, donde compartió cartel con  Bernardo  González y  Luís de la  Rosa. Según  los  críticos  taurinos, Chicuelo  fue  desde muy joven, casi de niño, un  verdadero prodigio para entender  rápidamente a los toros., apenas  salían  de los  chiqueros. Tendrían  que pasar muchos  años  para  encontrar un torero que  diera la  medida de tanta capacidad  taurina como la de Manuel Jiménez “Chicuelo II”. Creo no equivocarme si esa figura -segun mi criterio – la  cumplió  José  Luís  Vázquez (1921 – 2013). Su protector -Zocato – lo presentó en  Madrid, en una novillada de Braganza, el 8 de agosto de 1919, con  García  Reyes y Joselito Martín. Su carrera como  novillero fue sorprendente, tan asombrosa que con sólo  17 años recibió la alternativa, entrando a formar parte  de  la pléyade de toreros que  alcanzaron  el  doctorado  antes de los veinte años. Esta tuvo  lugar  en Sevilla, 28 de septiembre de 1919, a manos de Juan  Belmonte, cediéndole el toro  “Vidriero”, de Santa Coloma. Manuel Jiménez se encontraba ya metido en todos los asuntos del arte. No tenía nada que aprender: llegó al  doctorado en su momento justo.

Al año  siguiente, en la corrida de la Prensa – 18 de junio de 1920 –, Rafael elGallo le  confirmó su alternativa con un toro de Veragua, acompañándole en la  solemne  corrida Juan  Belmonte  y Fortuna.. Chicuelo fue, a partir de su alternativa sevillana, una   figura del toreo, aunque por su propio temperamente artístico – escribe Rafael  Ríos, op. cit.  pág. 91 – tuviera grandes baches  de abulia y apatía. Pero le bastaba cuajar un  toro,  o realizar una faena importante para firmar un  número grande de  corridas. Y así sucedió: en el año 1920 firmó ochenta y una.

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La Historia nos confirma que Manuel  Jiménez “ Chicuelo” es el precursor de la escuela  sevillana, un toreo  ejecutado con naturalidad y  gracia, no  exento de profundidad. Su toreo  era armonioso, con  los pies juntos,, bajando  la mano en la muleta, y engarzando  varios  naturales, algo insólito  en  el  toreo  de la época. El  inmortal torero sevillano fue el creador de la llamada “Chicuelina”; fue, asimismo, genial con  el  capote. Finura, ligazón, gracia, excelsa  pureza eran notas innatas de Chicuelo. Como persona  era  cordial, modesto, prudente y  siempre  amigo de sus  amigos. Fue el  líder  de los  años 20 del siglo pasado, llegando  a  torear en España 84 corridas. Chicuelo hizo varios viajes a México y su cartel fue  muy cotizado, ya  que  allí gustan  más los toreros artistas que los de  puro  valor.  En  el año 1927 se casó  con la cantante  Dora  la  Cordobesita (1902 – 1965).  Se retiró  definitivamente de los toros el día 1 de noviembre de 1951 en la plaza de Utrera (Sevilla) y dio  la alternativa a Juanito Dorado  y a Juan  de  Dios  Pareja Obregón.

La ciudad de Sevilla, siendo Alcalde  don Alfredo  Sánchez  Monteseirín, le tributó “Homenaje de pleitesía”, dedicándole la “Escuela Taurina de Sevilla”, en la Alameda de Hércules, el día 21 de agosto de 2009.  “CHICUELO II” supo  expandir  los geniales destellos del toreo eterno, esmaltados  todos  ellos de su vigoroso sello  personal. Murió, lleno de pena, en su Sevilla  natal, el 31 de octubre  de 1967.

Desde la lejanía del tiempo y el melífluo recuerdo de aquellos cromos taurinos, que aún yacen en mi mente, deseo dedicarle al torero de la trianerísima calle Betis esta breve reflexión “Flamenco-taurina”: A pesar de su similitud, creo que hay algo que diferencia al cante  del toreo,  a saber, su NACIMIENTO. En la mente de cualquier conocedor del Cante y Toreo está  presente esa diferencia. Los primeros balbuceos de las actuales  corridas pueden fijarse –  según  datos históricos – en  el  siglo  XI, desde  el  rey Alfonso VI. Sin embargo, en cuanto al flamenco, aunque hayan  antecedentes  milenarios folklóricos, sólo podría  fecharse hacia  finales  del siglo XVIII y XIX. No obstante, hay un hecho muy común en  ambas manifestaciones  artísticas: SU PLENO DESARROLLO  EN  EL SIGLO XIX.

Y  es  en nuestra  Andalucía  donde tiene su plena vigencia, en las  tierras del Sur  de España donde  cuajados ya los  esquemas y reglas  de los toros y  el  flamenco, más  se desarrollan  y  enriquecen. Sobre este particular, García  Durán  Muñoz señala  que la  admiración  por  lo árabe influirá en  cierto  modo sobre ambas   dedicaciones, y que el siglo  XIX fue su  momento  apoteósico, como  lo prueba  el  hecho  de que en él se  abren  las  “Escuelas  de Tauromaquia  y  los Cafés Cantantes”. Cfr.  “Andalucía y su  cante” (Madrid, 1962). El mismo Durán  Muñoz  equipara  ingeniosamente a  Pedro  Romero  con  El Fillo, a  Paquiro  con  Silverio, a Joselito  con  Chacón, a  Rafael  el  Gallo  con  Manuel  Torre  y a  Juan  Belmonte  con  El  Mellizo, diciendo también que, ya que la fiesta requiere un  escenario, lo que el “tablao” es  al  flamenco, lo es la plaza  al  ceremonial  taurino., cfr. “Los toros y  el  flamenco”  (Málaga,  1970). La historia de las relaciones tauroflamencas – escriben Blas Vega-Fernando Quiñones – se nos muestra del  modo más abundante, pintoresco  y variado desde el  momento mismo en que las corridas y el arte  flamenco  adquieren  cuerpo  definitivo. Muy  nutrida es la lista, en los anales flamencos, de profesionales con  nombre o apodo  de raigambre taurino: Diego el Picaor, el Cuadrillero, Toreri, Curro  Puya, el Paquirri, Teresita Mazzantini, el Gallo, el Puntillero,  Curro Caireles, etc. y, además,  el  apellido   Pérez  de Guzmán  suena  en  los  toros como, después, en  el  flamenco.

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