Soy, “por la gracia de Dios” /Dei gratia, Cantaor, pero también un aficionado ferviente de nuestra hermosa fiesta de toros. Por ello me siento no sólo honrado, sino muy contento de intentar hacer esta brevísima biografía artística de José Luís Vázquez Garcés “PEPE LUIS VAZQUEZ”, nacido en el barrio de San Bernardo” de Sevilla – ”Barrio de los toreros”, por ser cuna de muchos matadores -, el 21 de diciembre de 1921. Si alguien desea conocer la trayectoria torera de José Luis Vázquez, puede consultar la obra “Pepe Luís Vázquez y su tiempo”, del crítico taurino Rafael Ríos Mozo.
Pepe Luís Vázquez se vistió de luces, primera vez, en el año 1937 en la plaza de Algeciras, siendo compañero de cartel Antonio Bienvenida (1922 – 1975). El célebre diestro, después de su primera presentación ante el público, toreó tres años de novillero, llenando los ruedos de arte y duende, y el día 15 de agosto de 1940 Pepe Luís Vázquez tomaba la alternativa en la plaza de la Maestranza (Sevilla), de manos de Pepe Bienvenida y actuando de testigo Rafael Vega de los Reyes “Gitanillo de Triana”. La confirmación en la plaza de Las Ventas madrileña tuvo lugar en ese mismo año, el 20 de Octubre, actuando Marcial Lalanda – más tarde su apoderado – de padrino y cediéndole el toro “Carmoneño”, de Escudero. Fue testigo de la ceremonia Rafael Ortega “Gallito”. Así pues, Pepe Luís Vázquez llegó a matador de toros en 1940, año realmente difícil para la profesión porque, a la verdad, la “afición” era profunda conocedora de la fiesta en todos sus aspectos.
Pepe Luís Vázquez, “como matador de alternativa – escribe Ríos Mozo -, y llegó de modo rotundo, estilísticamente puro, en que su toreo sólo era esencia, esencia en sus quites – entonces se practicaban quites en todos los toros -, esencia en todo lo que hacía… Era la filigrana pura de un orfebre de la fantasía que se enfrentaba con todos los demás, pero por contraste de su misma forma de entender el arte tuvo como contrapunto la figura seca, sobria, con el sólo aditivo de sus manoletinas: el diestro de Córdoba”, cfr. “Tauromaquia Fundamental”, pág. 131.
Tras el rotundo e inaudito triunfo en la Maestranza de Sevilla, el 24 de junido de 1943, Pepe Luís recibiría una cornada gravísima en la cara, muy cerca del ojo, en la plaza de Santander, el 25 de julio del mismo año, lo que no le hizo renunciar a su profesión totalmente, sino que continuó vistiéndose de luces hasta mucho después de la muerte de su antiguo rival en Linares (1947).
Se retiró definitivamente, tras dos grandes triunfos en Barcelona y Madrid, en 1959, dedicándose posteriormente a la cría de reses bravas. En 1998, el Gobierno de España le concede la “Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes”. Asimismo, el 3 de marzo de 2001, un Jurado compuesto por Cronistas y “Aficionados” lo incluyó en la lista de los 10 toreros más importantes del siglo. El 11 de mayo de 2002 se le rinde un Homenaje en la Plaza de las Ventas (Madrid), colocando un mosaico: PEPE LUIS VAZQUEZ, armonía, belleza y gloria en la Historia de la Tauromaquia. Sevilla también quiso honrar la memoria de su ilustre hijo, levantándole un monumento cerca de la Real Maestranza, el día 20 de abril de 2003. José Luís Vázquez Garcés “PEPE LUIS VAZQUEZ” falleció el 19 de mayo de 2013. Me cupo la suerte de conocerlo personalmente en Málaga, con motivo de la presentación de “Flamenco para cantar palo a palo”, obra conjunta del poeta José María Lopera y del autor de estas referencias, quien le dedicó dos cantes. El acto tuvo lugar en el Centro Artístico de Málaga , el 16 de mayo de 2009.
Mi inolvidable maestro Pepe el de la Matrona (1887 – 1980) me decía: “… A la seguiriya le doy el título de “toro de casta pastueño”, porque deja al torero colocado como quiera, por su rítmica, que tiene más espacio, y a la soleá la llamo el “toro bravo de casta”, que es muy difícil saberlo torear para hacer y deshacer dentro de su ritmo, porque es un ritmo con más precisión, que le da menos sitio al que canta. Los dos cantes son de casta, porque uno deja torear y el otro no. Algo parecido hacía el sevillano Pepe Luís Vázquez; por cierto, muy buen aficionado al cante”.
Hay un denominador común al toreo y al flamenco: su condición instantánea, su efemeridad, cuya intensidad y riqueza en vivo no pueden ser recogidas por ninguna grabación o filmación. “La plena libertad expresiva del toreo – afirmaba González Climent – se da en la capa, mientras que el cante tiene esta libertad, actualmente, en las bulerías”.
Otros tratadistas se han expresado en parecidos términos. Y así Pedro Camacho Galindo -cfr. “Los payos también cantan flamenco” – dijo que Manolo Caracol torea (digo: canta) como Cagancho (digo: torea) y que el toreo y el cante no son graciosa huída, sino apasionada entrega y ambos artes han sido siempre juzgados por una minoría académica ante una mayoría masiva y por lo tanto confluyen dos modelos distintos para dos públicos diferentes.
A juicio de M. Martínez Herrero, el buen toreo es como el buen flamenco que ha de sentir lo que hace y ha de llevar el ritmo, el compás, como los pases del toreo tienen el suyo. García Durán Muñoz – cfr. “Andalucía en su cante” – alude reiteradamente a la “semejanza entre la manera de ahondar un cantaor en la copla y la forma de llevar la lidia un torero”. Por su parte, J. Montero Alonso afirma que “ una apretada hermandad une a los toros y al cante; están en la misma línea española y popular. Despiertan pasiones colectivas, vehementes. Los olés acompañan al éxito del torero y del cantaor”. Son los mismos públicos de uno y otro arte. En el cantaor, frecuentemente, mucho del porte, del garbo, de la majeza del lidiador. Uno y otro nacen sobre todo en tierras en tierras meridionales, con horizontes de olivos y marismas.
En el cantaor, como en el torero, hay el que es, más que nada, técnica, oficio y sabiduría, y el que es fundamentalmente inspiración, emoción y arrebato. Son muchos los puntos de contacto entre el mozo que torea en un redondel y el que sobre un tablao canta o baila. El famoso arabista E. García Gómez (1905 -1995) nos ha hecho ver bellamente el “Tarab” /éxtasis arábigo”, sentimiento antiguo que en España conservamos, mitigado, en el cante y en los toros: una parte del acervo cultural del pueblo andaluz. Y Ricardo Molina (1916 – 1968) nos dejó dicho que “cada copla, cantada por el mismo intérprete, es siempre distinta, como es irrepetible, fatalmente irrepetible, una faena taurina”.
Alfredo Arrebola, Profesor – Cantaor