{"id":33918,"date":"2022-11-29T10:15:04","date_gmt":"2022-11-29T09:15:04","guid":{"rendered":"http:\/\/granadacostanacional.es\/?p=33918"},"modified":"2022-11-29T10:15:04","modified_gmt":"2022-11-29T09:15:04","slug":"celestino","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/granadacostaglobal.es\/?p=33918","title":{"rendered":"CELESTINO"},"content":{"rendered":"\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp; &nbsp;La vieja y descolgada portezuela que daba paso al cercado permanec\u00eda en su puesto, aun teniendo la madera agujereada como un queso de gruyere, por los clavos que in\u00fatilmente su cuidador se afanaba en hundir entre el tablaje.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;&nbsp; &nbsp;Quiso esquivar el m\u00e1s viejo y retorcido, que serv\u00eda de atadero para la cuerda de <em>melongo<\/em> que la sujetaba, pero el impermeable se le engancho agujere\u00e1ndose. En la cara de la <em>Escopetilla<\/em>, se dibuj\u00f3 una mueca de disgusto.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014- Celestinooo \u2013, llam\u00f3 al tiempo de cambiar de mano, la peque\u00f1a cesta en la que colocaba la puesta del d\u00eda de las gallinas.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;&nbsp; &nbsp;Una parte de la falda de amplio vuelo se le enganch\u00f3 en un rosal, que crec\u00eda despreocupado junto al sembrado de ma\u00edz, haci\u00e9ndola retroceder. Estaba harta del dichoso clavo, pero m\u00e1s a\u00fan lo estaba de su estupidez, porque siempre ca\u00eda en lo mismo. Con aire de disgusto estir\u00f3 del el\u00e1stico que frunc\u00eda la falda a su cintura, y se pas\u00f3 la mano por la marca rojiza que le hab\u00eda dejado en la piel:<\/p>\n\n\n\n<p>&lt;&lt; con Tat\u00edn se puso gorda, pero con este beb\u00e9 iba a parecer un pez globo &gt;&gt;.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;&nbsp; Volvi\u00f3 a llamar al hombre de la huerta, poniendo cuidado con cada paso que daba, para no ensuciarse demasiado los zapatos blancos que hab\u00eda estrenado<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 Solo a m\u00ed se me ocurre meterme con este calzado aqu\u00ed \u00a1Celestino!<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;&nbsp; &nbsp;Un hombre joven vestido con harapos, que regaba un surco de tomateras con una lata grande y herrumbrosa, en la que a\u00fan se pod\u00eda leer a lo largo de su redondez: <em>sardinas en aceite de oliva de las r\u00edas gallegas, <\/em>levant\u00f3<em> <\/em>la vista al tiempo, que se secaba el sudor de la frente con el dorso de la mano y sonri\u00f3 a la escopetilla. Su piel brillaba a pesar de que el sol de la ma\u00f1ana se hab\u00eda camuflado entre las nubes, resaltando los tendones fibrosos de los brazos y piernas del preso, al que una larga condena por asesinato, lo ten\u00eda atado a la c\u00e1rcel.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 Celestino\u2026 \u2014, volvi\u00f3 a llamar.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;&nbsp; &nbsp;No comprend\u00eda como pod\u00eda sonre\u00edr cuando la mitad de su vida pertenec\u00eda a la c\u00e1rcel. No era el primer caso ni ser\u00eda el \u00faltimo que se diera en esa tierra. los presos parec\u00edan felices, con ese modo de vida\u2026 Eran felices, al menos los que hab\u00eda conocido y hab\u00eda conocido unos cuantos, con techo y comida. Y si les tocaba cuidar la huerta y el corral, cosa que por lo general era as\u00ed, ya parec\u00edan estar en el s\u00e9ptimo cielo.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;&nbsp; &nbsp;El hombre le indic\u00f3 gesticulando, la peque\u00f1a tabla de alubias que hab\u00eda plantado hac\u00eda un mes. Las flores moradas salpicaban las hojas, de un verde intenso, mordiscadas por los caracoles de caparaz\u00f3n duro y cuerpo fr\u00edo y meloso.<\/p>\n\n\n\n<p>-\u2013 Est\u00e1 bien\u2026 ya se, ya se \u2014. La mudez del hombre no era obst\u00e1culo para entenderse \u2014. Quieres azufrar las matas antes de que los malditos caracoles acaben con ellas\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;&nbsp; &nbsp;Celestino sonri\u00f3, dejando ver unos dientes blancos entre las enc\u00edas, del color de las branquias de la barracuda m\u00e1s fresca, y rog\u00f3 porque no abriera la boca; esa boca sin lengua, que fue arrancada casi de ra\u00edz, en una reyerta seg\u00fan le cont\u00f3 &lt;&lt; Ojos de Gato&gt;&gt;. Caminaban entre el sembrado, \u00e9l con la despreocupaci\u00f3n, que da el no calzar otra cosa que unos zapatos viejos de vestir de su marido, y ella con el fastidio de estropear los que hab\u00eda estrenado esa ma\u00f1ana. El agradable olor que desped\u00edan las tomateras dobladas por el peso de los tomates rojos y carnosos, se pegaron a las pituitarias de su nariz, provoc\u00e1ndole una sensaci\u00f3n de desmayo. Se dio cuenta de que le hab\u00eda entrado un hambre canina, y la culpa la ten\u00eda el embarazo\u2026 Un abejorro zumb\u00f3 a su alrededor, hasta que el hombre joven lo aplast\u00f3 entre las palmas de las manos dando fin a su existencia, para luego limpiarse el pringue del bicho escachado en la culera trastejada, de los pantalones.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; La escopetilla enfil\u00f3 el peque\u00f1o sendero que llevaba hasta los semilleros, junto a un pedazo de tierra en donde unas cuantas cajas de madera hab\u00edan cambiado el buen vino, que en su d\u00eda albergaron, por sementeras en donde unos fr\u00e1giles brotes de pimientos, tomates y lechugas, crec\u00edan a la sombra de media docena de naranjos y limoneros, bajo la mano experta del singular hortelano, que se esforzaba en mantener a raya, caracoles y babosas. Celestino tom\u00f3 una lata con un sinf\u00edn de agujeros en la base, que el hombre hab\u00eda perforado a modo de regadera, y sumergi\u00e9ndola en un bid\u00f3n con agua, la sac\u00f3 al instante para dejar que escurriera como lluvia fina sobre los brotes. Y as\u00ed, una y otra vez, iba de bid\u00f3n a sementera y de sementera a bid\u00f3n. La Escopetilla lo observaba pensando en como un hombre que no hab\u00eda dudado en segar la vida a otro de su especie, pon\u00eda tanto ah\u00ednco en conservar la que bull\u00eda en la huerta: &lt;&lt; era todo un misterio&gt;&gt;<\/p>\n\n\n\n<p>El preso segu\u00eda con su labor, y ella se acerc\u00f3 a la peque\u00f1a plantaci\u00f3n, si a eso se le pod\u00eda llamar plantaci\u00f3n de pi\u00f1as, en donde la fruta madura asomaba por entre las verdes hojas oblongas y de filos punzantes. Hab\u00eda escuchado m\u00e1s de una vez que a las serpientes les gustaba rondar por entre las pi\u00f1as para succionar el jugo de los frutos, as\u00ed que como siempre, caminaba entre las filas de plantas asegurando muy bien donde pon\u00eda el pie. Divis\u00f3 una par de hermosas piezas listas para comer; le hab\u00edan ense\u00f1ado a distinguirlas por el penacho de hojas que coronaba la fruta: &lt;&lt; a la vista las hojas tienen que estar ajadas, y mustias, desprendiendo con facilidad de la pi\u00f1a &gt;&gt; .Su perfume era embriagador; tanto, que le hubiera gustado tener un perfume con esa fragancia.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;&nbsp; En un \u00e1ngulo de la huerta, una cabra asomo la cabeza por una grieta de la tablaz\u00f3n, mostrando unos dientes bien dispuestos a rumiar un flanco de las tomateras hasta donde su cuello diera de si. Con los ojos, del color del caramelo, y tan saltones como dos huevos de paloma, exploraba el panorama que ten\u00eda a su alcance \u00a1Todo un mundo de arom\u00e1ticas hojas verdes la esperaban! Emiti\u00f3 un balido, y una lengua h\u00fameda y oscura roz\u00f3 las hojas de una de las plantas, como testando el sabor, para despu\u00e9s, con un chasquido de dientes comenzar con su particular poda. Otra cabra se acerc\u00f3 a la primera batallando por meter tambi\u00e9n la cabeza por la grieta, sin conseguirlo, y luego lleg\u00f3 otra, y otra, balando desesperadas por alcanzar las tiernas hojas. Un poco m\u00e1s all\u00e1 un viejo cabr\u00f3n embest\u00eda contra el joven maizal, que la Escopetilla hab\u00eda plantado junto a Tat\u00edn.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 \u00a1Celestino! \u2014, llam\u00f3 fastidiada sin dejar de escudri\u00f1ar el terreno, inc\u00f3moda por el tema de las serpientes. Pero el hombre dej\u00f3 las sementeras para espantar a las cabras, haciendo caso omiso a la Escopetilla, que se hab\u00eda quedado rezagada en mitad del sembrado de pi\u00f1as.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 \u00a1Celestino!<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp; De la garganta de Celestino sali\u00f3 un sonido extra\u00f1o, y de su cuerpo tales aspavientos que las cabras abandonaron la tablaz\u00f3n, perdi\u00e9ndose en el terreno.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014 \u00a1Celestino! \u2014, la testarudez del hombre la sacaba de quicio. Mas terco que las cabras \u2014 \u00a1Esas la arrancas! y me coges esta, y esta\u2026 ya sabes; en cuanto puedas las llevas a casa.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Avanz\u00f3 unos pasos primero, con la vista perdida en los cafetales donde sol\u00eda ir a parar una parte de la piara, la otra ten\u00eda sus preferencias entre los restos de ap\u00f3sitos, algodones y otras inmundicias que salpicaban los alrededores del hospital. No comprend\u00eda como se las apa\u00f1aba Lucrecio, el preso encargado del corral, para hacer que todos volvieran al redil, campando como campaban a la buena de Dios, pero as\u00ed era, cada atardecer y antes de ponerse el sol, los animales volv\u00edan a estar cada uno en su lugar.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;&nbsp; &nbsp;Tras esquivar el viejo clavo que sujetaba la cuerda de melongo, cerr\u00f3 la portezuela tras de s\u00ed, y se qued\u00f3 mirando el barro pegado a la puntera de sus zapatos. Una gallina cruz\u00f3 despavorida, perseguida por un gallo de plumas marrones y blancas, y una cresta marcada de cicatrices, prueba de su car\u00e1cter bravuc\u00f3n. En la carrera olvidaron una parte del plum\u00f3n que con tanto celo cobijaban bajo el plumaje de guerra\u2026 A punto estuvo de pisar a un peque\u00f1o pato, rezagado de la madre pata, que paseaba con su prole al margen de todo cuanto pasaba a su alrededor. Y una cabra de mirada entupida se afanaba en mordisquear el tronco del banano que crec\u00eda en mitad de aquel alboroto. En el gallinero, unas cuantas gallinas cloquearon desde sus ponederos en protesta por la intromisi\u00f3n de esa humana, que cada d\u00eda les robaba los huevos, bueno unas cuantas gallinas y Hilda, el tuc\u00e1n que un d\u00eda Lucrecio recogi\u00f3 del suelo del corral. La encontr\u00f3 bajo el banano con un ala rota y el cogote desplumado. Desde entonces el animal pas\u00f3 a formar parte de sus vidas haciendo lo que le ven\u00eda en gana, como ahora que estaba empollando cualquier objeto que se le hubiera antojado, eso s\u00ed, solo ten\u00eda que brillar un poco. La espant\u00f3 llam\u00e1ndola por su nombre y Hilda se movi\u00f3 de mala gana dejando a la vista un bot\u00f3n dorado de un uniforme, al que estaba cuidando con esmero. No se lo quit\u00f3, al contrario, la llam\u00f3 con voz suave, para que volara hasta su hombro, y el tuc\u00e1n la obedeci\u00f3. Era un bello animal, de plumaje negro, mirada provocativa y con un pico espectacular, al que hab\u00edan tomado cari\u00f1o. El bicho hab\u00eda causado problemas, pues era muy dado a lo ajeno siempre que brillara. Se acord\u00f3 de Carola y Okiri, con tanta ternura que en su garganta se form\u00f3 el nudo de la emoci\u00f3n: \u2014 a tu sitio Hilda \u2014 le dijo al tuc\u00e1n, moviendo el hombro para que volviera al ponedero. Y Hilda regres\u00f3 junto al bot\u00f3n, ahuecando las plumas como la mejor de las gallinas ponederas.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp; &nbsp;Se alej\u00f3 del corral sorteando como pudo el lodazal, formado por la lluvia en derredor del cercado, con una mano aflojando el el\u00e1stico de la cintura. Estaba ya de ocho meses y la barriga la ten\u00eda tan tensa como la piel de un tambor, caus\u00e1ndole una tremenda picaz\u00f3n. Los pechos hinchados le molestaban, y las piernas le pesaban. Un dolor permanente en los ri\u00f1ones la hizo pararse, se llev\u00f3 la mano a la parte dolorida, y resoplando como la locomotora del ferrocarril de Bikaba. Tom\u00f3 el sendero hacia el campamento\u2026<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-right\"><strong>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 De un cap\u00edtulo de La Sombra del Egombe Egombe<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-right\"><strong>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Gudea de Lagash<\/strong><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp; &nbsp;La vieja y descolgada portezuela que daba paso al cercado permanec\u00eda en su puesto, aun teniendo la madera agujereada&hellip;<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":33518,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"om_disable_all_campaigns":false,"_mi_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[21],"tags":[],"aioseo_notices":[],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/granadacostaglobal.es\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/33918"}],"collection":[{"href":"https:\/\/granadacostaglobal.es\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/granadacostaglobal.es\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/granadacostaglobal.es\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/granadacostaglobal.es\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcomments&post=33918"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/granadacostaglobal.es\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/33918\/revisions"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/granadacostaglobal.es\/index.php?rest_route=\/"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/granadacostaglobal.es\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fmedia&parent=33918"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/granadacostaglobal.es\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcategories&post=33918"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/granadacostaglobal.es\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Ftags&post=33918"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}